Eduardo Manrique nos lleva a sumergirnos en el mundo geométrico y lineal. Tal y como lo describe el historiador José Díaz Bethencourt, su obra causa asombro por su reorganización racional y constructiva, subjetiva y simbólica.

“El axioma de Eduardo Manrique reside en las construcciones metálicas que ensambla como diminutas arquitecturas. Sus mecanos son estructuras fijas que se apegan a la rigidez del material con que construye su estética. No hay movimiento, la quietud es su zona de reflexión. Sin embargo, esa obra acabada que reposa callada ante la atenta mirada de quien observa es producto de las viandas creativas que almacena, y que sabe reconducir y dosificar hacia su campo de expresión  plástica. Si juega a que sus composiciones metálicas deambulen libremente por el espacio que nos rodea, y que al mismo tiempo nos envuelven; de igual forma, sabiamente, sabe acotar la libertad de movimientos de sus metales. Su pintura delimita un espacio pero no restringe su creatividad, que se derrama con vitalidad y fruición a través de sus collages ordenadamente establecidos y constreñidos por el marco de sus creaciones.

El diálogo que establece entre pintura y escultura es coherente. Ahora, en este lenguaje interno y críptico que sólo él puede descifrar, su magín se deshace de la suerte que le deparaba el acto de inventar. Aquel ímpetu que prefiguraba su cosmos inicial deja paso al verbo reposado; y así, la reflexión comunicante invade de, paulatinamente y por sorpresa, el espacio que su obra reconquista. Si el pintor griego Zeuxis de Heraclea pintaba despacio porque pintaba la eternidad, Eduardo utiliza la calma para hacer un arte duradero, más duradero que la vida: ars longa, vita brevis.

Su obra está lleno de geometrismo, como antaño también lo estuvo la de los griegos arcaicos. Pero la principal diferencia entre aquél y éstos es que el primero no es tan severo en las formas. Mediante el ensamblaje de metales y texturas de papel sigue buscando su propia regularidad, su ego estético, tanto en la pintura como en la escultura, según la misma proporción de la Sección Aurea, que es como se llama la división de una línea en la cual la parte menor es a la mayor como la mayor a la suma de ambas. Esa búsqueda del Kanón, o regla de su artificio, es la que permite, en unos casos, expugnar la atmósfera que le cerca e implantar sobre ella su mundo constructivo a base de múltiples y desiguales trozos de fierro; en otros, depurar la viciada biósfera, y, como prestidigitador universal, reconducirla hacia su habitáculo pictórico.  Al igual que los escultores de la era de Pericles y como solía Sófocles de sí mismo, el arte de Eduardo no representa las cosas como son, sino como deberían ser.

La belleza de sus collages reside en la armonía, en el equilibrado recorte del geometrismo y sus permutaciones, que dejan trasver el señuelo de la mano mediante una paleta que zigzaguea. La belleza como orden y medida; la belleza como proporción y simetría es más su actitud mental que su ideología artística” (…).

Texto: José Díaz Bethencourt

 

 

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